
La higiene de manos ayuda a interrumpir la transmisión de microorganismos en la vida diaria y es especialmente importante en lugares donde muchas personas comparten superficies y equipos.
Las manos tocan puertas, pasamanos, teléfonos, teclados y dinero durante el día. A través de esos contactos, pueden transportar microorganismos aunque se vean limpias y trasladarlos a otras superficies, personas o al rostro.
En el marco del Día Mundial del Lavado de Manos, que se conmemora cada 15 de octubre, se recuerda la importancia de incorporar esta práctica a la rutina y realizarla con una técnica adecuada. No basta con enjuagarse rápidamente: es necesario frotar con agua y jabón las palmas, el dorso, los espacios entre los dedos y debajo de las uñas; luego, enjuagar y secar bien.
Conviene lavarse las manos después de usar el transporte público, tocar superficies compartidas o manipular dinero; también antes de preparar o consumir alimentos y después de toser, estornudar o sonarse la nariz. Si no hay agua y jabón disponibles, puede utilizarse una solución a base de alcohol, siempre que las manos no estén visiblemente sucias y siguiendo las indicaciones del producto.
En los servicios de salud, esta medida cobra especial importancia por el contacto frecuente entre pacientes, personal, familiares, equipos y superficies. Mantener una adecuada higiene de manos contribuye a reducir oportunidades de transmisión durante la atención y protege tanto a quienes reciben los servicios como a quienes participan en su cuidado.
Practicarla en el hogar, en espacios públicos y en los establecimientos de salud fortalece una cultura de prevención. Es un gesto cotidiano que, realizado en el momento oportuno y de manera correcta, aporta al cuidado propio y al bienestar de las demás personas.